"... A nadie se manda socorrer a los demás con lo necesario para sus usos personales o de los suyos; ni siquiera dar a otro lo que él mismo necesita para conservar lo que convenga a su persona y a su decoro: 'nadie debe vivir de manera inconveniente'. Pero cuando se ha atendido suficientemente a la necesidad y al decoro, es un deber socorrer a los indigentes con lo que sobre. 'Lo que sobra dadlo de limosna' (Lc 11, 41). No son éstos, sin embargo, deberes de justicia (stricto jure), salvo en los casos de necesidad extrema, sino de caridad cristiana, la cual, ciertamente, no hay derecho de exigirla por la ley. Pero antes que la ley y el juicio de los hombres están la ley y el juicio de Cristo Dios, que de modos diversos y suavemente aconseja la práctica de dar: 'Es mejor dar que recibir' (Hech 20, 35), y que juzgará la caridad hecha o negada a los pobres como hecha o negada a Él en persona: 'Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis' (Mt 25, 40). Todo lo cual se resume en que todo el que ha recibido abundancia de bienes, sean éstos del cuerpo y externos, sean del espíritu, los ha recibido para perfeccionamiento propio, y, al mismo tiempo, para que, como ministro de la Providencia divina, los emplee en beneficio de los demás. 'Por lo tanto, el que tenga talento, que cuide mucho de no estarse callado; el que tenga abundancia de bienes, que no se deje entorpecer para la largueza de la misericordia; el que tenga un oficio con que se desenvuelve, que se afane en compartir su uso y su utilidad con el prójimo' (San Gregorio Magno, Sobre el Evangelio hom. 9 n. 7) ...".
Extracto de la Encíclica Rerum Novarum de S.S. León XIII del 15 de mayo de 1891.

